Lo que arrastre la marea

  Aguirre, Jabier
Jatorrizko testua gaztelaniaz

No eran pocas las mañanas de verano que correteaba hacía el puerto solo para ver partir las diferentes embarcaciones. Los pescadores profesionales arribaban a puerto perseguidos de un gran séquito de gaviotas que, alborozadas, seguían el rastro de las embarcaciones en su ruta hacia el puerto tratando de conseguir alguna de aquellas piezas que los pescadores desestimaban por su poco valor comercial o por su escaso tallaje y que eran arrojadas por la borda en cantidades sustanciales. Los pescadores aficionados partían al alba, cruzándose en su ruta hacia los pesqueros con los profesionales lo que  durante un buen rato el puerto bullía de actividad.

Pasaba innumerables horas observando las labores de los pescadores que en muchas ocasiones me invitaban a embarcar mientras las realizaban y me explicaban con detenimiento las diferentes tareas a realizar, los nombres de las diferentes especies, las diferentes técnicas de pesca....Toda aquella información bullía dentro de mi cabeza desde mi infancia y fue un pequeño letrero el que despertó mi atención una mañana de otoño. “Se vende, como nueva“.

Aquella pequeña chalupa de madera de 4 metros con un afamado y rudimentario fueraborda British silver seagull que se ofertaba en ocasión había despertado mi interés. A todo muchacho que vivía en el puerto le llegaba la hora de hacerse con una primera embarcación y yo sentía que era el momento, que era capaz de mantenerla y había demostrado ser lo suficientemente responsable como para hacerme cargo de ella por lo que estaba decidido, a falta de un pequeño detalle, aquella chalupa tenía que ser mía.

“¡¡ 80.000 pesetas!!, ¿tú te crees que el dinero crece en los árboles?. Si tanto la quieres ya te puedes buscar la vida, tienes nueve meses hasta el próximo verano para conseguirla“.

Parece que la perspectiva de “un pequeño detalle “ era diferente entre mi padre y yo. Pensaba que tal vez aplicándome en los estudios y con buenos resultados académicos sería suficiente para convencer a mi padre de que adquiriese la chalupa. Craso error. Para un muchacho de 15 años no resultaba sencillo reunir 80.000 pesetas y menos en el plazo de 9 meses, afirmación que transmití a mi padre.

-¿Sabes dónde está ese dinero?-Me preguntó mi padre con cierta indiferencia en espera de una respuesta que él conocía con antelación.

-No.-Le respondí con un tono seco y tajante.

-En la playa, en la ría...... lo que la marea arrastre.

La respuesta me dejó perplejo y no hizo sino alimentar mi creciente enfado por lo que me alejé farfullando.

Esa noche me costó conciliar el sueño buscando la formula que me permitiese reunir ese dinero y reflexionando sobre las palabras que desde esa misma tarde no podía quitarme de la cabeza. A medida que más pensaba en aquellas palabras, más sentido comenzaban a cobrar y alcance a comprender que aquellas palabras no eran una mera disculpa sino una oportunidad que no podía desaprovechar.

La temporada estival no hacía demasiado que había terminado y ya no era frecuente que la playa estuviera repleta de gente aún con las agradables temperaturas otoñales, solamente un grupo de señoras de mediana edad solían agruparse para disfrutar de los últimos rayos de sol de la temporada afanándose en prolongar el bronceado conseguido a base de innumerables jornadas.

Aquella madrugada de principios de otoño el viento del sur soplaba racheado pero con intensidad   para que se secasen las castañas y que estas se pudieran recoger para el próximo invierno según había escuchado a mi abuela en múltiples ocasiones “la naturaleza es sabia“ decía con frecuencia.

El sonido del ulular del viento en su camino hacia el mar me hizo esbozar una sonrisa ante la oportunidad que se presentaba esa mañana de sábado. Aquel sería el punto de partida en mi periplo por conseguir el dinero necesario para hacerme con la embarcación que ahora reposaba acumulando polvo en el fondo de aquel garaje próximo al puerto.

Me levanté al amanecer para poder llegar el primero a la playa y mientras me apresuraba para salir a la calle tras un frugal desayuno, mi padre se asomó por la puerta de la cocina.

-¿Se puede saber dónde vas a estas horas?-Preguntó con el ceño fruncido.

-A ganarme el bote.-Le respondí mientras me ataba con firmeza los cordones de las botas.

Por el reflejo del cristal de la puerta de la cocina pude ver como a mi padre se le dibujaba una sonrisa antes de volverse a la cama sin mediar palabra.

Aún no había despuntado el día cuando bajo mis botas comencé a sentir la arena de la playa. Aquel viento racheado provocaba que la arena se fuese desplazando en dirección al mar, dejando la playa totalmente lisa y cribando cualquier elemento más pesado que la propia arena así que no era difícil diferenciar las zonas de arena más gruesa, de pequeñas piedras o incluso el límite en el que la marea depositaba cantidades de pequeños residuos en forma de ramitas, pequeños botes de plástico, bolsas y demás objetos que eran cubiertos con el paso de los días.

Me dirigí rápidamente a la zona que en verano se encontraba más concurrida, sobre todo por las familias que disponían de una segunda vivienda y veraneaban en el pueblo y que se diferenciaban nítidamente de los bañistas que se acercaban esporádicamente. Aquellas familias tenían un nivel adquisitivo alto y sabía que en muchos casos se pasaban toda la jornada en la playa, desde el despuntar de los primeros rayos de sol hasta el ocaso. Eso implicaba que llevaban dinero y que.... lo perdían.

Escrutaba con detenimiento la zona esperando encontrar alguna moneda y no tardaron en producirse resultados, una moneda de cinco pesetas asomaba tímidamente clavada con el canto en la arena, con un tono plateado apagado ya por el incipiente oxido que se alojaba en la parte enterrada. No tarde en localizar otro grupo de monedas, casi todas de 1 o 5 pesetas que rellenaban mi bolsillo a marchas forzadas. La alegría se acrecentaba de vez en cuando con monedas de valor superior, una moneda de 25 pesetas suponía un “bieeeeen” pero una de 50 suponía un alegre “yuhuuuuu” que animaba a continuar con la labor.

A lo lejos, entre las ráfagas de aquel viento arenoso, pude observar una figura que me resultaba conocida. Le llamaban José “el gallego“, un hombre de unos sesenta años que tenía un especial don para encontrar dinero enterrado en la playa. Mientras me dedicaba a la tarea de recoger las monedas, de vez en cuando observaba la técnica de José que se había centrado en otra zona más próxima al mar y que barría metódicamente en zig-zag sondeando al milímetro cada palmo de playa. Próximo el mediodía, cuando ya daba por concluida la labor, tanteaba orgulloso mis bolsillos intentando calibrar el montante del dinero acumulado sin percatarme de la cercanía de José que se dirigió a mí con su inconfundible acento gallego.

-Buenos días muchacho, ¿qué tal se dio?

-Estupendamente.-Respondí con la candidez propia de un muchacho de 15 años.

Adelantó hacia mí una pequeña bandolera que llevaba colgada del hombro y me mostró una buena cantidad de monedas que el removía con orgullo mientras introducía la otra mano en un bolsillo del pantalón y me mostraba un pequeño anillo de oro, dos pendientes desparejados, también de oro y un pequeño colgante de plata con su correspondiente cadena. El brillo de aquellas joyas se mostraba atenuado, lejos del esplendor habitual mientras yo los observaba embelesado. “El otoño es la mejor época, los primeros vientos muestran estos tesoros“.

De vuelta a casa, esperaba con impaciencia cruzarme con mi padre para poder mostrarle el resultado de aquella mi primera tentativa de conseguir el dinero necesario. Allí estaba él, en la cocina con mi madre que se afanaba en preparar el almuerzo. No cruzamos una sola palabra, solamente deposité orgulloso el contenido de mis bolsillos encima de una hoja de periódico mientras me preparaba para el recuento.

Tras un buen rato en el que mi padre ni siquiera dirigió la mirada hacia mí y mientras mi madre sonreía sutilmente, tome aire y con tono orgulloso anuncié “dos mil ciento setenta y dos“ . El silencio se hizo patente durante unos instantes, mi madre me miró de reojo con una sonrisa de satisfacción mientras esperaba la respuesta de mi padre que no se hizo esperar mucho más “no olvides limpiar las monedas con bicarbonato antes de llevarlas al banco. Te faltan 78.000 más“.

Aquella tarde la dediqué íntegramente a la limpieza de óxido de todas aquellas monedas, tarea más ardua de lo esperada pero que me resultó especialmente satisfactoria.

Aquel otoño ventoso estaba próximo a su fin y había resultado especialmente productivo. Fueron varias las mañanas de fin de semana que me permitieron escrutar cada rincón de la playa en busca de las cada vez más escasas monedas que frecuentemente compartía con José “el gallego” al que acabó uniéndome cierta amistad.

El invierno había hecho ya acto de presencia y con él las codiciadas angulas a cuya captura se dedicaba gran parte del pueblo en esta época. Mi padre no me permitía capturarlas a orillas de mar, con un cedazo a la manera tradicional alegando mi juventud, pero si me permitía acompañarle desde la orilla para alumbrarle con un farol. Aquello me permitió ir conociendo los entresijos de la pesca de la angula y además, de establecer un vínculo de respeto con el mar que mantendría a lo largo de mi vida.

La dificultad de su captura, casi siempre en frías noches de luna nueva de invierno, en la oscuridad más absoluta y preferentemente tras una abundante lluvia que extendía un oscuro manto marrón sobre la superficie del mar – envolvía a los pequeños alevines transparentes en un aura cuasi mágica , refrendado además por el alto valor en el mercado que los elevaban al estatus de manjar.

Para un muchacho eran pocas las opciones de hacerse con un puñado de valiosas angulas pero había una circunstancia en la que el riesgo era nulo y la captura sencilla, solo había que saber esperar y confiar en las fuerzas de la naturaleza.

Aquella noche de viernes, escuchaba el parte del tiempo con especial interés. El aviso era de vientos fuertes del noroeste con olas de mar de fondo de 4 metros. Repasando la tabla de mareas pude observar que la luna llena ofrecía condiciones de poca luz y marea viva, condiciones insuperables.

El bramido del mar tratando de sobreponerse al ulular del fuerte viento apenas me dejo dormir aquella noche. No resultaba difícil imaginar aquellas inmensas olas alimentadas por el fuerte viento barriendo furiosa las orillas y aquella circunstancia me dibujó una leve sonrisa antes de dormirme.

El despertador sonaba a las 7 de la mañana pero yo hacia un rato que merodeaba inquieto con los prismáticos en la mano, esperando los  albores de la mañana. El foco de los anteojos me permitía otear la orilla de la playa en la que, como esperaba, el mar había penetrado creando una pequeña laguna de escasa profundidad que se iba desecando lentamente y a cuyas orillas aleteaban agitadas un grupo de gaviotas pugnando por picotear a la orilla de aquella pequeña laguna, justo la señal que esperaba.

-¡¡ me voy a la playa!!-Grité a mi padre que se desperezaba lentamente mientras observaba como cogía un pequeño rastrillo y un cubo a juego.

Aún no había despuntado el día completamente cuando llegué a la orilla de la laguna. El viento aún soplaba con cierta intensidad pero el mar se había apaciguado notablemente. El frenesí de las gaviotas correteando por la orilla hizo avivar mi paso y ellas comenzaron a gañir ante mi presencia sin dejar de picotear en las orillas. A medida que me acercaba pude certificar que mis expectativas eran correctas... !!eran angulas!!.

Me agaché con presteza y podía ver con nitidez como las angulas nadaban dispersas en todas las direcciones a medida que aquella pequeña laguna se iba desecando. Los pequeños alevines buscaban cualquier objeto en la arena para esconderse, preferentemente pequeñas piedras y, principalmente en agrupamientos de pequeñas ramitas, troncos y otros materiales que componían un cerco que retenían la humedad y animaba a las angulas a ocultarse bajo ellas.

Comencé a coger las angulas que iban quedando en seco con las manos, una a una, recorriendo el cerco que la laguna iba dejando mientras se replegaba absorbida por la arena mientras las gaviotas, venciendo su temor ante aquel festín,  se situaban en el extremo contrario a mi picoteando sin cesar  la arena en busca de las pequeñas angulas.

Obcecado en la captura de los alevines, tarde en percatarme de aquella figura que me miraba desde el límite de la playa con detenimiento. No le preste demasiada atención y continué con mi tarea en cuclillas.

-¿Qué haces?

Aquella cálida voz femenina casi me asustó sumergido en mi febril quehacer. Giré la cabeza y pude comprobar que se correspondía con la figura que había estado observando. Tardé unos segundos en adaptar la vista y reconocer aquella muchacha de mejillas rosáceas, con un pequeño gorro de lana que permitía que parte de su hermosa cabellera fuera mecida por las aún abundantes ráfagas de viento. Mostraba una ligera sonrisa que casi ocultaba la belleza de aquellos ojos marrones que lagrimeaban a consecuencia del viento.

-Cojo angulas.-Respondí apartando la mirada y tratando de ocultar la incomodidad de la situación mientras observaba de reojo aquel impermeable verde a juego con las botas de goma que utilizaban los pescadores y la gente del campo pero que en ella resultaban incluso elegantes.

-Me llamo Goiaz, ¿ te puedo ayudar ?.-Preguntó.

Yo sabía perfectamente quien era, estudiaba en el instituto un curso por debajo de mí. Su abuela, Petra “la mondragonesa“ tenía una mercería a la cual mi familia recurría con frecuencia. Por lo visto, sus padres tuvieron un grave accidente de tráfico y, mientras se recuperaban, Goiaz vino a vivir con su abuela, de esto hacia ya unos meses. No tenía mucha relación con la gente del pueblo quizá solo porque apenas era conocida, ¡¡pero era tan bonita ....!!

“Solo tengo un cubo“ fue la única estupidez que acerté a decir pero ella miró alrededor y se dirigió unos metros más allá donde localizó un raído bote de plástico, arrastrado por la marea, al cual cortó la parte superior con una pequeña navaja incluida en un pequeño cortaúñas que sacó del bolsillo.

Se quedó observando unos momentos el procedimiento para capturar las pequeñas angulas y comenzó a capturarlas ella también, con dificultad al principio pero de manera certera a los pocos minutos.

A medida que la laguna iba convirtiéndose en un pequeño charco, las gaviotas se iban alejando con las panzas repletas -principalmente por el temor a nuestra presencia- y la densidad de angulas iba en aumento, agrupándose en cualquier pequeña rama u objeto o enterrándose en cualquier hoyuelo que hubiese en la arena en busca de humedad.

-Te llamas Oscar ¿ verdad ?.-Me pregunto con esa espontaneidad que mostraba en todo momento. -Te conozco del instituto.- Añadió.

No pude evitar sonrojarme mientras asentía tímidamente con la cabeza sin mediar palabra mientras el cerco de aquel pozo era cada vez menor y se desecaba a mayor velocidad hasta llegar un momento en el que, prácticamente chocábamos nuestras cabezas mientras tratábamos de capturar las abundantes angulas a dos manos.

A pesar del frío y de la humedad, el sudor resbalaba ya por nuestras frentes cuando ya se había secado el charco y apenas se veían angulas. Cruzamos algunas palabras pero yo me sentía intimidado por aquella muchacha así que decidí despedirme de ella. En ese momento ella me ofreció el improvisado recipiente repleto de angulas pero yo me animé a que se lo llevase, había una bonita ración.

-¿ Para qué las quieres?.-Preguntó con esa franqueza que me resultaba incomoda.

Así que le conté como mi intención era venderlas para conseguir comprar aquella pequeña embarcación. Aún no sé por qué, pero a raíz de aquella conversación comencé a sentirme más cómodo y el dialogo se dilató agradablemente en el tiempo mientras le contaba con pelos y detalles las vicisitudes para conseguir aquel dinero.

Ella no dejaba de escuchar con interés mirándome directamente a los ojos mientras se enroscaba delicadamente el cabello que le sobresalía de aquel gorro de lana y cuando acabé de hablar, tomó su recipiente y lo vertió en mi cubo, empujando suavemente las angulas que se deslizaban  pausadamente.

- ¡Eh, espero que este verano me des una vuelta en tu nuevo barco!.-Me dijo mientras se giraba con una amplia sonrisa.

-Eso está hecho.-Respondí con convicción.

A partir de aquel día, era cada vez más frecuente coincidir con Goiaz, tanto en el instituto como en las oportunidades que teníamos fuera del horario lectivo, ante la insistente burla de mis compañeros no exenta de una inherente envidia.

Fueron muchas las mareas de invierno en que, aprovechando la bajamar me acercaba a la desembocadura de los riachuelos en busca de angulas en compañía de Goiaz. Si las condiciones no eran apropiadas, no desdeñaba la oportunidad de acercarme a la desembocadura de la ría en busca de almejas, escarbando las orillas con una azadilla hasta dar con el apreciado bivalvo o incluso, en las zonas arenosas capturaba navajas para vendérselas a los pescadores como cebo.

Goiaz prestaba una exquisita atención cundo le explicaba los entresijos de las diferentes técnicas para capturar cada especie y no tardo mucho tiempo en convertirse en una experta mariscadora.

Era frecuente que me acompañase en cada marea a la faena cuestión que me agradaba especialmente, no tanto por el hecho de que veía como la venta del marisco comenzaba a dar sus frutos como por lo grato que me resultaba compartir con ella mi tiempo. Aquellas bonitas facciones frecuentemente complementadas por unas mejillas sonrojadas por efecto del frío o del esfuerzo, rematado por un gorro de lana que recogía su cabello no sin dificultad, dejando el flequillo caer suavemente hacia su cara que con asiduidad mostraba una franca sonrisa, provocaban en mi una sensación de felicidad difícil de explicar.

Aquella tarde Goiaz se acerco a mi casa. Amablemente saludo a mi madre y nos quedamos un buen rato charlando en el patio mientras, de reojo, observaba como mi madre limpiaba las angulas que ambos habíamos capturado esa misma mañana con la presuposición de que las guardaría en el recipiente que había preparado para mantenerlas con vida para así poderlas vender como cebo o bien como marisco una vez cocidas.

Esperaba ansioso la hora en que Goiaz volvía  a su domicilio, solo por sentir sus manos agarrar las mías con descaro, como un juego, pero que para mí era el momento más hermoso y deseado del día.

 Aquella noche no fue así, cuando Goiaz se preparaba para marchar, mi madre apareció con una servilleta cuidadosamente plegada como un hatillo, con algo en su interior.

-Toma Goiaz, llévaselas a tu amama de parte de Oscar, le hará ilusión.-Dijo esbozando una sonrisa mientras me miraba de reojo con las cejas alzadas.

- ¡¡De mi parte!!.-Pensé tratando de no mostrar extrañeza.

Goiaz tomo el paquete con delicadeza preguntando por el contenido “son las angulas de esta mañana, cocidas y listas para comer“. La sonrisa de Goiaz contrastaba con el gesto de estupor  que yo trataba inútilmente de ocultar pensando en los buenos duros que me hubieran dado por aquellas tres generosas raciones de angulas.

Cuando Goiaz se hubo alejado lo suficiente, miré a mi madre con el ceño fruncido y antes de articular una sola palabra, mi madre me miró con una sonrisa y con tono  recriminativo dijo.

-No seas como tu abuelo, dinero, siempre dinero.... verás cómo me lo agradecerás.....-Se giró y me dejo con la palabra en la boca, perplejo.

Aquella tarde de fin de semana de finales de invierno no era muy propicia para la angula, aún así había quedado con Goiaz para aprovechar las pobres bajamares de cuarto menguante y capturar alguna navaja en los arenales así que me quede esperando en el camino del puerto, donde habitualmente coincidíamos. La noche caería pronto y quería aprovecharla pero no veía acercarse a Goiaz, al menos, eso me parecía ...

Sentado en el pretil, percibí una persona acercándose a lo lejos, de indudable aspecto femenino a la vista de aquel elegante abrigo que cubría una larga falda que se mecía al son del caminar ágil de aquella muchacha. Con los pies colgando por el murete miraba de reojo con curiosidad mientras comenzaba a refunfuñar ante la tardanza de Goiaz. Advertí que aquella muchacha se dirigía hacia mí, podía distinguir aquel negro cabello recogido en una coleta que oscilaba de un modo rítmico al compás de la larga falda, levantó la mano dirigiéndose a mí por mi nombre, ante mi perplejidad.

Tarde un instante en asimilar que aquella voz era, efectivamente, Goiaz. Costaba reconocerla sin su habitual gorro, sin sus botas de goma o sin sus zapatillas deportivas habituales, estaba.....¡ preciosa!.

La sorpresa que dibujaba mi rostro me otorgaba cierto aire estúpido, más aún vestido con botas de agua, un cubo, una azadilla y un gorro ante  aquella radiante muchacha. Podía sentir como el acaloro que durante un instante abrazaba mi estomago recorría todo mi tronco hasta sonrojar mis mejillas mientras buscaba una explicación a la situación

-Oscar, vengo a pedirte un favor.-Dijo cabizbaja.

La breve pausa que siguió se me hizo una eternidad mientras solo acertaba a mirarla con ojos de sorpresa de arriba abajo.

-Mi abuela quiere que vengas a cenar esta noche, para agradecerte las angulas que estaban riquísimas.... ¿vendrás?

Trataba de asimilar la pregunta mientras mi cabeza me empujaba a decírselo, a decir aquello que no me podía quitar de la cabeza tratando de sopesar las consecuencias que traería... ¿y si se enfada? ¿y si no me habla más? .... ¡¡al diablo!!

-Goiaz, estás guapísima...-Fue lo que acerté a decir mientras la miraba a sus bonitos ojos marrones. El inmediato brillo de sus ojos, el rubor de sus mejillas y su tímida sonrisa agachando la cabeza me tranquilizaron.

-¿De verdad?, ¿te gusta mi vestido?-Me pregunto con una franca sonrisa mientras se ponía de puntillas y daba un giro sobre si misma permitiendo un ligero vuelo de la falda.

- ¡y llevas zapatos !.-Fue la estupidez que acerté a decir.

Ella me miró, cogió mi mano un instante y mientras la soltaba suavemente dijo.

-Entonces vienes ¿no?, te esperamos a las ocho y media en casa, ¡no llegues tarde !.

No podía dejar de mirarla mientras poco a poco se alejaba con paso vivo, zarandeando la coleta de lado a lado y sin mirar atrás, esperé un buen rato con la mirada perdida tratando de asimilar la situación.

Mi madre se extraño al verme llegar con el cubo vacío al anochecer, le expliqué la invitación de Doña Petra y ella sonrió con alegría.

-Venga, vístete mientras yo preparo un bizcocho para el postre ...

Puntual y con un bizcocho recién hecho me presente en casa de Doña Petra. Aquella noche me percaté de que no podía vivir sin Goiaz....

A medida que la primavera avanzaba se acercaba el momento de recontar el dinero por enésima vez, casi lo tenía, podía tocar el barco.

Aquel sábado era el día, me acercaría a la lonja donde estaba guardado la embarcación que tanto ansiaba y por la que tanto había, mejor dicho, habíamos peleado. Llevaba los 80 billetes de mil pesetas exquisitamente plegados y recontados, sujetos con una goma que recogía los cuatro lados del pequeño fajo. EL propietario de la náutica abría a las 10:00 y esa era la hora en que había quedado con Goiaz para que me acompañase en uno de los días más importantes de mi vida. Ambos estábamos allí puntuales, sin embargo Paco, el propietario de la náutica, se hizo esperar y no llego hasta pasados 20 minutos que se nos hicieron eternos.

-Buenos días chavales, ¿ qué se os ofrece ? .-Nos preguntó mientras esperábamos que abriese la puerta para poderlo ver de nuevo.

Aquella puerta corredera se abría lentamente acompañada de chirridos y empujones mientras acompañábamos con la mirada. No estaba allí, el carro que había soportado el pequeño barco estaba vacío pero pensé que sería circunstancial así que dirigiéndome al propietario de la náutica le pregunte por el barco.

-Don Paco, quiero comprar la chalupa con el motor Seagull.

Encogiéndose de hombros y sin mediar mas explicación me dijo.-Llegas tarde, está vendido.

Goiaz giró la cabeza hacia mí mientras su perenne sonrisa se tornaba en este caso en un gesto de desilusión. Mi patente perplejidad  apenas conmovió al Don Paco que solo acertó a decir “lo siento“ mientras se alejaba indiferente. Sentía como los ojos se humedecían rápidamente y girando la cabeza trataba de que Goiaz no se percatase. Mientras agachaba la cabeza dos grandes lágrimas golpearon el suelo tras deslizarse levemente por mis mejillas, me sentía avergonzado.

Goiaz se acercó lentamente, sonrió, separó mis brazos e introduciendo los suyos por debajo me dio un cálido abrazo seguido de un leve beso en mi mejilla, cerca de la comisura de los labios, que me hizo reaccionar.

Sequé mis lágrimas y pregunté quien había comprado el barco con la esperanza de poder hacer una oferta al nuevo propietario. “no te lo puedo decir“ fue todo lo que obtuve de Don Paco.

Aquella tarde me fui pronto para casa. Me sentía estúpido con 80.000 pts. que no sabía en que emplear ahora, sin la posibilidad de adquirir aquel barco que tanto deseaba y por el que tanto había luchado pero con una extraña sensación de alegría que se superponía al disgusto por aquel abrazo tan especial.

Al llegar a casa mi madre me esperaba en la sala, le conté la situación pero no mostró sorpresa apenas y acariciando mi cabello suavemente me pidió que fuera a avisar a mi padre para la cena, a la lonja de Pedro “el taxista”, amigo intimo de mi padre.

Mientras me dirigía a la lonja, pensaba con satisfacción que, después de todo, el esfuerzo para  conseguir el dinero había sido más positivo de lo que pensaba. Había demostrado a mi padre que me había esforzado y conseguido con mi esfuerzo pero, por encima de todo, tenía una especial relación con Goiaz.

El interior de la lonja de Pedro “el taxista” estaba iluminado y por debajo fluía un abundante chorro de agua que se colaba por el sumidero anexo . Botes de pintura dificultaban la entrada y se podían oír las voces al fondo.

-¡¡ Aita !!.-Chillé levemente.

-Pasa al fondo Oscar.-Replicó mi padre.

Allí estaban sentados en un banco de madera mi padre y Pedro, con las manos salpicadas de pintura mientras observaban un bidón con algo en su interior. Me acerqué con curiosidad y con  mayúscula sorpresa pude ver un pequeño motor fueraborda Seagull introducido en el, seguramente para desalinizarlo y ponerlo a punto.

-¿Te gusta ?.-Preguntó mi padre con una poco habitual sonrisa en su rostro.

Se levantó y se dirigió a una portezuela corredera que daba a un patio de la vivienda, y mientras la abría me invitó a acercarme.

La tenue luz hacía patente el anochecer pero podía reconocerlo entre un millón... “¡¡era mi bote!!“. Allí estaba, perfectamente pintado y reparado, con una manguera de agua de la que manaba agua dedicada a cerrar las grietas de la madera y sellarlas, proceso denominado “hinchado”. Rodee el bote lentamente, observando los detalles, las reparaciones, las cornamusas nuevas mientras mi padre limpiaba unas brochas y mantenía una distendida conversación con su amigo Pedro.

Yo no alcanzaba a comprender la situación, continuaba con la perplejidad con la que había comenzado el día hasta que mi padre se dirigió súbitamente hacia mí y señalando el bote dijo:

-Ahí lo tienes, es tuyo... ahora, como no lo cuides, se vuelve a vender ....

Realmente no sabía cómo reaccionar. En ese momento, una sensación de alivio pujaba por sobreponerse a la sensación de alegría pero también de rabia contenida que suponía aquella situación. Era típico de mi padre, hacerte sufrir hasta el final.

Mis pensamientos pronto se centraron en Goiaz hasta el punto que no veía el momento de ir a contárselo a su puerta, en persona, aprovechando así la disculpa para verla de nuevo a la luz de las farolas. Con una sonrisa me despedí de mi padre y de Pedro que me miraban con estupor mientras salía corriendo de aquella lonja dirigiéndome a casa de Goiaz. Era un poco tarde ya pero no podía esperar.

De camino a su casa, la alegría comenzaba a embargarme pensando en los meses venideros en los que podría ir a navegar acompañado por aquella muchacha que súbitamente había cambiado mi vida  y cada paso era un poco más largo y veloz que el anterior. Llame a su puerta y abrió su abuela extrañada.

- Doña Petra, ¿ podría salir Goiaz un instante ?-Pregunte educadamente.

La señora me miró un instante invitándome a pasar pero por detrás pude oír la voz de Goiaz.

-Amama, salgo yo, no te preocupes.-Mientras se ponía un largo jersey de lana sobre el pijama que vestía.

Al ver mi tez sonriente se sorprendió y, con una media sonrisa, me preguntó mientras subíamos  a la azotea tenuemente iluminada.

- ¿Qué pasa? ¿Por qué sonríes?

A medida que iba avanzando en el relato de lo acontecido, cada vez se me hacía más difícil concentrarme, más aún mientras aquellos bonitos ojos marrones me miraban fijamente y sus labios dibujaban una sutil sonrisa. Sentía el inevitable impulso de acercar mis labios a los suyos pero algo me retenía “¿y si se enfada y la pierdo ....?”. Repentinamente, sus labios se acercaron más  hasta juntarse con los míos, sutilmente en un principio pero con decisión por ambas partes en el instante posterior...... No sé cuánto tiempo duró pero aún hoy, 20 años después recuerdo con nitidez aquel momento como uno de los mejores de mi vida.

-¡¡Recuerda que me debes una vuelta en la nueva embarcación !!.-Exclamo Goiaz mientras bajaba rápidamente hacia su casa.

Aquella primavera me pareció que avanzaba especialmente lenta mientras esperaba con ansiedad la entrada del verano, ansiedad solo calmada con los múltiples quehaceres que conlleva tener la embarcación, preparando amarres, aparejos y otras artes.

La botadura de la embarcación estaba prevista para el día 21 de Junio, San Juan y día de inicio del verano. Todo estaba listo excepto un pequeño detalle, el nombre de la embarcación que mi padre se apresuró a preguntar con una sonrisa que resultaba incluso extraña en su rostro.

-Había pensado en llamarle GOIAZ . -Le indique a mi padre ruborizado, él, lejos de sobresaltarse lanzó una carcajada que incluso a mi me resultó chocante y me mostró una plantilla para rotular hecha en cartón que guardaba en una carpeta. GOIAZ

Aquel 21 de Junio madrugué para ayudar a mi padre a llevar el GOIAZ hasta la rampa del puerto con aquel vetusto carro cuya herrumbre denotaba un innumerable trasiego de embarcaciones a su lomo. Solamente una vez comprobado que la embarcación flotaba correctamente, sin vías de agua y tras probar el motor mi padre me permitió zarpar..... Si bien yo preferí demorar el instante un momento mientras Goiaz se acercaba corriendo desde la cercana casa de su abuela. A medida que se acercaba a la rampa, su paso se volvía más lento y aún puedo ver su cara de sorpresa cuando, en el espejo de popa de la embarcación vio rotulado el nombre, alzó las cejas en gesto de sorpresa, sonrió y se acercó a la rampa mientras saludaba a mi padre. Al embarcar en aquella chalupa de madera me dio un beso en la mejilla que me hizo sonrojar ante la presencia de mi padre y me hizo sentirme especialmente feliz.

A pesar de los años pasados  siempre recuerdo aquel verano como el mejor de mi vida. Pude disfrutar de aquella pequeña embarcación varios veranos hasta que adquirí una embarcación de mayor eslora y potencia que me permitió alcanzar nuevas experiencias en la navegación y en la pesca pero nunca pude quitarme de encima una extraña sensación de traición en el momento en que me deshice del pequeño GOIAZ de madera, más aún cuando al termino de aquel verano perdí la relación con Goiaz.

Apenas si la había vuelto a ver fugazmente en alguna ocasión. Había vuelto con sus padres a Mondragón y eran pocas las veces que se pasaba por el pueblo desde que su abuela había fallecido, de hecho, la última conversación que mantuve con ella fue precisamente en el funeral de su abuela Petra. Prometió escribirme y de esto hacia ya dos años.....

Aquella soleada tarde de primavera deambulaba por el pueblo sin gran cosa que hacer, quería acercarme al puerto a observar como antaño el arribar de los pesqueros y comentar los quehaceres con los pescadores. Hacía ya varios años que por motivos laborales había cambiado de residencia si bien es cierto que me acercaba al pueblo cada vez que me era posible. Me costaba vivir alejado de él.

Acerté a pasar por unas callejuelas donde unos muchachos adolescentes chillaban y se afanaban en algún tipo de tarea que reclamó mi atención así que me acerqué hasta aquella lonja donde se guardaban trastos diversos y utensilios marineros ya raídos por la falta de uso. Aquel local estaba polvoriento como si no hubiera sido usado en años, cuestión que pude confirmar en una posterior conversación con los muchachos.

El objeto del alborozo me hizo sonreír y sumirme en recuerdos al observar que intentaban reparar una vieja chalupa raída de madera que yacía al fondo de aquel garaje, sin apenas pintura y con el motor desmontado y apoyado en un costado.

Pronto mi gesto de sonrisa se tornó en sorpresa al resultarme familiar aquella estampa. A medida que me acercaba, me parecía reconocer aquel pequeño y polvoriento bote  por lo que me acerqué rápidamente. Una sucia lona le cubría parcialmente así que la retiré bajo la atenta mirada de los muchachos que me observaban con curiosidad.

Me costaba superar la perplejidad del momento, en el espejo de popa de aquella embarcación aún se podía leer a duras penas su nombre a pesar de que el tiempo se había encargado de mellar la pintura.

GOIAZ. Durante unos instantes me costó reaccionar, allí estaba, no tan resplandeciente como otrora estaba pero era mi barco......

La oferta que hice a los muchachos fue irrechazable, ellos disponían de un bonito y flamante barco de fibra de vidrio con un moderno motor fueraborda y a cambio yo me quedaba con aquel antiguo bote de madera y su viejo y averiado motor fueraborda British Seagull.

Fueron muchos meses de arduas y costosas reparaciones apoyado por especialistas en la madera, buscando piezas para el fueraborda incluso en su país de origen pero a medida que el barco iba recobrando su antiguo esplendor, cada vez tenía mejores noticias, me sentía más alegre y con una ilusión que hacía años no sentía. Toda mi ilusión era disponer de tiempo para dedicárselo al GOIAZ así que, para ese mismo verano ya tenía exquisitamente reparado el barco con su motor que petardeaba rítmicamente tras una exhaustiva recomposición.

Había llegado el día de San Juan y como hacía ya más de 15 años, me disponía a botar de nuevo el pequeño GOIAZ. Hacía años ya que los barcos de madera habían dejado de fabricarse en favor de la fibra de vidrio y el petardeo alegre del motor Seagull destacaba entre los silenciosos fuerabordas actuales pero este tipo de barcos mantenían un sabor especial y llamaban la atención.

Esa mañana me dirigía alegre hacía el puerto, era día laborable pero hacía ya tiempo que había solicitado toda esa semana libre en el trabajo. Al salir por la puerta de la casa de mis padres me llamó la atención la presencia del cartero que como habitualmente dejaba la correspondencia en el buzón habilitado en el soportal pero en esta ocasión sentí que debía detenerme.

-¿Algo para mí?-Pregunté a Luis, el cartero.

Barajó varias cartas rápidamente y con gesto de sorpresa asintió mientras me entregaba aquel sobre color hueso. Lo tomé nervioso, lo volví con rapidez para leer el remitente y...... un golpe de calor me recorrió desde el estomago, era una carta de Goiaz.

“Estimado Oscar;

 Siento no haberte escrito antes y espero que esta carta te haya llegado el día 24, como era mi intención .Este día siempre permanece en mi corazón como uno de los mejores de mi vida y, por algún motivo no dejo de recordar aquel pequeño bote que tanto nos costó conseguir y que tanta ilusión y alegría nos proporcionó, ¿Aún recuerdas el GOIAZ? .............. (... )  “

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Iruzkinak

Aritza
2018-01-14 19:06:37

Oso ona Javier. Lo he leido muy a gusto, y me he quedado con ganas de más.

Tomi
2018-01-20 20:31:50

Oso ondo idatzita dago eta asko gustatu zait. Idazle itzela da egilea. Plentziatar bat.

Laura
2018-01-21 16:52:41

Precioso relato, las cosas que se consiguen con esfuerzo....ya es algo dificil de ver, todo lo queremos para ya

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