Palabras para el recuerdo

  Gil Herrero, Eduardo

Mi nombre es Eduardo Gil Herrero, licenciado en Derecho y funcionario del Ayuntamiento de Valladolid desde hace casi 20 años. Casado y con dos hijas, mi abuelo Eduardo era médico militar en Oviedo hasta que fue trasladado a “Pucela” en plena postguerra. Mi padre, del mismo nombre, continuó la tradición familiar y ejerció en el Clínico de nuestra ciudad desde 1966. En estas llegué yo, y rompí la saga de médicos en la familia Gil traicionando a las ciencias por las letras. Creo que en esa decisión influyo y mucho Plentzia, es de éste encantador rincón de la costa vasca de lo que quiero hablar y no de mí, ni de mi familia.

Mi abuelo materno era un industrial burgalés que hizo algo de fortuna en Bilbao y me temo que más por apariencia que por disfrute empezó a veranear en Plentzia con mi abuela y sus tres hijas. La pequeña, mi madre Adela, continuó con esa tradición del veraneo siempre desde primeros de agosto hasta el inicio escolar, una vez pasadas las fiestas patronales, nos hospedábamos en el Hotel “Palas”.

Al principio nos costó un poco relacionarnos, pero a la vez que mis padres cultivaban amistades locales, mis hermanas Eva, Julia y yo hacíamos lo propio con los niños y niñas de allí. Nos mezclábamos en juegos, excursiones y baños. Todos juntos, plencianos, veraneantes y “los de Valladolid” como éramos conocidos por nuestro “exótico” origen. No dejábamos de ser unos “forasteros de afuera” a los que “la Gallarda” saludaba con cariño y respeto.

Retomando las líneas anteriores, mi interés por las letras surgió en aquellos lejanos veranos gracias al rico y variado léxico local que allí aprendí, esas palabras que sólo se usaban allí, que me fascinaron y que aún hoy me fascinan, animándome a redactar este Escrito.

Llegar a Plencia cada agosto escapando de la canícula castellana era una liberación y al alojarnos en un hotel lo habitual era estar hasta 16 horas al día en la calle; trasteando por el casco y la plaza, en el arenal, en la estación…y en los pueblos cercanos, porque Plentzia no se entiende sin su comarca vertebrada por el rio Butrón y su ría. Fue en esa ría donde aprendí a nadar en “la canal” y a coger “kaskarratones” y “karramarros” con retel, salabardo y a mano si se terciaba. Pero si querías “mojojones” -para mejillones al mercado de la Ribera en Bilbao-el mejor sitio era el puente. Allí crecían estos deliciosos moluscos, adosados a los pilares del puente identificados con cada una de las letras de la villa marinera, de la P a la A: PLENCIA.

Era entre la P y la L por donde teníamos que pasar con el bote cuando nos sorprendía la bajamar y allí teníamos “la rampla” para darnos un “txombo” siempre alerta de los “txinbos” o remolinos que la marea creaba arbitrariamente. Los valientes se tiraban del “petril” y todos sabíamos que era mejor llevar un traje de baño “ugerdo” porque te podías llenar de “fangute” o lodo cogiendo “berigüetos” con los que llenar nuestra “lapotzara“ o cesta junto a la “antapara” del molino de Legarrondo. En la ostrera del molino, que era un excelente sitio para bañarse, escondíamos nuestras capturas por si algún “txingalapas” venia con intención de robarnos la preciada pesca.

Otros días íbamos al “kakaleku” del relleno o a las “belenas” del puerto a pescar mubles. La churrera siempre nos daba un poco de masa de sus exquisitos churros, la masa también debía de ser una delicia para estos tan poco apreciados peces porque se lanzaban a por el “robador” en cuanto éste se hundía. Con el balde lleno subíamos por las escaleras del “mokordo” y repartíamos la cena entre los miles de gatos que habitaban las “carcabas” del casco viejo. Otra buena alternativa en mañanas con bajamar era ir provisto de una buena caja que nos regalaba Antonio “el castañero” a la playa de los “abusios”,pequeño pez parecido a la anchoa, y que resultaba ser una excelente carnada para luego pescar lubinetas ya por la tarde y con la pleamar.

“Los de Valladolid” tan integrados como estábamos, aprendimos a nadar en la canal cruzando a la playita que se hacía en Barrikabaso, en la zona de Txurrua. La actual playa ni la pisábamos porque además de pequeña, era para los veraneantes. Nuestra playa era “la canal”, la playa de los del pueblo.

Los domingos eran especiales, después de misa a comer “Abakando” que no Bogavante donde Gregorio “el del Perana” y de vuelta al Palas mi padre siempre buscaba una excusa para pararse a charlar con Fermín “el del Larrinaga” y de paso jugarse una partidita “al Perulo”…creo que durante el largo invierno era lo que más echaba de menos mi padre: la sombra de los plataneros de la terraza del Larrinaga y esas interminables partidas ya que en Valladolid se juega mal al mus y ésta modalidad ni la conocen.

Los baños en la ría eran continuos, subirnos a los “gasolinos” a enredar con los “kakos”, coger “txusbedar” o algas frente al relleno…todo valía. Lo de “ir a echar un cucu” o siesta ni se nos pasaba por la cabeza, en Plentzia había que exprimir cada hora, cada minuto, luego esperaban 11 meses de secano a orillas del Pisuerga y lejos de la desembocadura del Butrón.

Otro juego habitual era ir a la vega de Txipio junto a la estación a corretear entre los “txixtxiposos”. Aún recuerdo un día gris en que me caí allí con un “txanbergo” o “tabardo” nuevo que mi madre había comprado la tarde anterior donde Modesta y que Sebas la del Palas consiguió resucitar a base de jabón Tximbo y mucha paciencia. La tarde terminó bien porque nos fuimos a merendar aquella masa azucarada, muy dulce y deliciosa que creo recordar llamaban “Durungulu”, eso sí, después de las habituales gaseosas de Iturrigorri en Barrencalle. Ya no se hacen botellas como aquellas con relieve y su inconfundible “iturri” rojo.

En Sananatolines recuerdo a Peña amenazándonos con llevarnos a “la Perrera” si hacíamos alguna judiada pero aparte de incordiar a “Potxa” y al resto de parroquianos del Bar “El Escudo”, intentar colarnos en las “barracas” o en el cine “de Iturregi” y alguna que otra “sinsorgada” propia de niños creo que éramos buenos chicos.

La segunda semana de septiembre tocaba la vuelta y la tristeza unida a la mano dura de los Maristas me invadían hasta bien pasadas las fiestas del Pilar.

Gracias a Plentzia y a sus gentes por lo mucho que sin saberlo me dieron, a pesar de los cuatrocientos kilómetros de distancia siempre os llevo muy cerca.

Valladolid, julio de 2014.

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