Chupacharcos

  Gil Herrero, Eduardo

Nunca olvidaré aquel septiembre, ser de la quinta que estrenó el COU después de un duro bachillerato me permitió disfrutar de un mes más en mi idealizado verano plenciano, septiembre, de días más cortos pero siempre con esa luz que sólo allí he conocido.

Dejar la protección y la férrea disciplina de los Maristas para afrontar la inseguridad de mi nueva etapa en la facultad de Derecho, despertó en mi tantos temores que quería alargar más que nunca ese verano. Siempre he preferido la impredecible ría del Butrón al tranquilo Pisuerga.

Chupacarcos era otra de las muchas palabras del léxico local plenciano que me cautivaron. La escuché por primera en “la estrada”,entre el Palas y el jardín de la casa Grao-Carroena. Allí merendábamos día sí y día también los dulces que nos preparaba una excepcional mujer, lamento no recordar su nombre, que no había perdido ni su sentido del humor andaluz ni su acento de Linares a pesar de llevar casi toda su vida sirviendo en Plentzia.

Usaban el término como sinónimo de “handiki” o “nuevo rico”, ese tipo de gente de la que se dice vulgarmente que parece que “mean colonia” y no tienen donde caerse muertos. Esa gente a la que lo único que parece importarle es la apariencia, y cierto es que en la gallarda había varios personajes así sobre todo en verano.

Me sorprendió que mis amigos también llamaran de esta manera a una anciana que vivía en la casa de Txakurzulo junto al vertedero anexo a la ría. La casa estaba al pie de la carretera hacia Urduliz y a la altura del caserío y fuente de Gañibis. Era el paso obligado cuando íbamos en bicicleta a las huertas de Isuskiza a robar manzanas, higos, tomates o lo que la fértil vega nos proveyese en nuestras travesuras veraniegas. Por aquel entonces Isuskiza era un pequeño grupo de caseríos con sus laboriosos vecinos, en su mayoría de origen guipuzcoano.

Felix Goirigolzarri “Arditxu” era uno de ellos y lo recuerdo con especial cariño porque hacía la vista gorda cuando nos veía trepar por sus robustos manzanos, me temo que disfrutaba él más viéndonos hacer trastadas que nosotros mismos haciéndolas.

Fue una de las primeras tardes después de San Antolín cuando de camino a una de nuestras fechorías pinché allí mismo la rueda trasera de mi vieja G.A.C. y ninguno de mis amigos me esperó aduciendo su temor a Chupacharcos. Así que me quedé tranquilamente reparando el pinchazo con aquella caja de parches fabricados en Eibar y que el bueno de Castro me había regalado ese mismo verano. Cuando estaba ya a punto de empezar a inflar la rueda, apareció tras la higuera que daba al muro norte de la casa y tal fue la impresión que me quedé petrificado y supongo que con una ridícula expresión en la cara.

Era muy alta y delgada, moño alto, vestida de un modo antiguo y con la ropa medio remendada, de rostro arrugado y con una mirada profunda, limpia y clara pero inquisitiva.

¿Qué haces aquí? – me dijo.

Nada, ya me iba. – respondí con un nudo en la garganta.

¿Cómo te vas a ir? Con esa rueda no llegas ni a la casa del guardagujas. Entra en casa y come algo…

Así lo hice, entré en la vieja casa sin pasar más allá de la cocina. Apenas un fregadero de piedra, “la económica” introducida hace años en los caseríos vascos sustituyendo al fuego bajo y un acceso a lo que un día debió de ser la cuadra. Seguramente nunca fue una gran casa y el degradado entorno tampoco ayudaba a atisbar algún reflejo de esplendores pasados.

Me puso sobre la mesa un delicioso bizcocho de naranja y un tazón con el mejor chocolate caliente que he probado y me temo que probaré en mi vida. Hablamos de Plentzia y sus gentes con interés porque me dijo que iba poco por el pueblo, ni siquiera a los funerales. También  de Valladolid ya que tenía familia en Castilla y había estado por allí de joven. De la ría, de las cosas de la casa y de la huerta, de leyendas de la zona,…

Ya caía la noche cuando salí raudo y veloz hacia el Astillero con intención de alardear de mi valentía y al principio no me creyeron. Sin embargo, como quedé en volver al día siguiente, “el de Valladolid” fue esos días una especie de héroe local entre la chavalería local.

Desde ese día repetíamos el mismo ritual: mis amigos se desviaban en las barreras y observaban desde las campas de Gañibis como yo accedía con normalidad a Txakurzulo por la carretera y entablaba mi tertulia diaria con aquella extraña mujer. He de reconocer que aquel chocolate, que se fundía lentamente al calor de la chapa, y que me dijo hacia traer desde Zamora gracias a un vendedor de mantas de allí, tenía mucha culpa. Pero también es de justicia admitir que era una mujer con excelente conversación, sin estudios pero con mucho conocimiento y cuyas vivencias despertaban interés en un adolescente curioso cómo era yo.

Mis ignorantes y prejuiciosos amigos no se atrevían ni a acercarse al linde de la huerta, ellos se lo perdían: la merienda y la tertulia.

Con el otoño llegó mi arranque universitario. En la biblioteca de la facultad entre apuntes de Derecho Romano a menudo me sorprendía a mí mismo garabateando la palabra Chupacharcos o dibujando aquella modesta cocina,la higuera, la huerta o la inmensidad de la pleamar en aquel meandro del Butrón, uno de los últimos antes de fundirse con el Cantábrico tras pasar “lacanal”.

El verano siguiente en cuanto volvimos, desembarcamos en el Palas y a pesar de que mi madre quería que atendiese junto a mis hermanas algunos compromisos familiares me encaminé hacía Txakurzulo. Aún hoy no puedo expresar el sentimiento de tristeza que me invadió al comprobar que habían derribado la casa para ampliar la carretera y que se estaba recuperando el viejo vertedero junto a la ría. Pregunté por todo Plentzia: en la estación, a mis amigos, a sus familias, por los comercios pero nadie sabía nada de Chupacharcos…ni siquiera yo sabía su nombre, nunca se lo pregunté y nunca me lo perdoné.

A pesar de los muchos y buenos recuerdos que guardo de Plentzia,este episodio fue triste y marcó el resto de aquel verano donde supongo que mis amigos me notaron más melancólico y taciturno de lo habitual.

El alabado matriarcado vasco no había funcionado con aquella mujer. La dedicación a la familia y a las tareas de la casa –tan arraigadas en el pueblo vasco- la habían mantenido, como en otros muchos casos, aislada de las relaciones sociales. La supuesta igualdad de géneros que venía desde el viejo fuero vizcaíno no era más que una quimera como pude comprobar aquel verano.

En los últimos tiempos han sido muchas las frías noches castellanas en las que mis hijas se han dormido escuchado las viejas historias de Chupacharcos, una autentica escuela vital. Ya sólo aspiro a que en un futuro lo pueda hacer también con mis nietas. Sirvan estas líneas como un modesto homenaje a Chupacharcos y a todas las mujeres que nuestra sociedad arrincona cada día.

Valladolid, diciembre 2014

Valoración

(Puntuación media: 7.5 - Votos enviados: 2)

Comentarios

José
2017-10-22 11:33:53

Hola. Estoy buscando fotos o historias de un lugar que, al parecer, sería el que comentás: Txakur. Es de donde hoy hay un estadio de rugby. Ahí vivieron mis abuelos con sus hijos -entre ellos mi padre- hasta que vinieron a Argentina. Si sos tan amable: ¿de qué año es tu relato?. Saludos.

EtnoPlentzia
2017-10-24 05:46:22

Hola José, Si te parece bien, escríbenos a la cuenta de email info@etnoplentzia.com e intentamos ayudarte. Un saludo

Mikel
2018-02-12 23:25:18

Hola José, el relato es de 2016. Mezcla ficción con historias que he escuchado en Plentzia. En los terrenos del molino de Errotabarri ahora está el campo de fútbol de la Sociedad Deportiva Plentzia y allí estaba la casa de Txakurzulo donde está ambientado el relato. Supongo que esa sería la casa de tu familia, espero que os guste y si venis por Plentzia encantado de saludaros.

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