De tienda en tienda

  Gil Herrero, Eduardo

Comenzó bien la primavera y casi sin esperarlo, convencí a mi mujer que sería mejor pasar las vacaciones de verano en Plentzia que en una de las habituales playas mediterráneas atiborradas de europeos norteños ávidos de sol, paella, cerveza y sangría barata.

Sabía que no podía prometerle su esperado bronceado en su vuelta a Pucela, pero prometí superar sus expectativas con creces recorriendo junto a las niñas cada rincón de mi amada Plentzia y por supuesto sus alrededores.

Un frio sábado de marzo, en un viaje relámpago, vimos un par de pisos en alquiler y nos decantamos por uno pequeño y coqueto, pero alto y luminoso en Portaletas. Apenas 50 metros cuadrados, pero a un precio razonable para lo que se acostumbra a pagar por allí en los meses estivales.

Estaba tan feliz con mi verano “plentziarra” que aparte de las vacaciones de agosto, solicite excedencia el mes de julio en el ayuntamiento para apurar con ellas los 60 días “gallardos” que tenía por delante. Mis hijas, Julia y Lucia, estaban si cabe más ilusionadas que yo mismo por todas las historias que me habían oído contar. Mi única preocupación era no decepcionarlas y que tanto ellas como Maria, mi mujer, llegasen a querer Plentzia por lo menos la mitad que yo.

Cierto era que, entre el coste de la vida, sensiblemente más alto que el de Valladolid, el importe del alquiler y mi excedencia del mes de julio ese año tocaba hacer algún sacrificio, pero como decía la abuela Trini: “sarna con gusto no pica”.

El 1 de julio llegamos puntuales a la cita con Tere, la amable propietaria que a lo largo del verano se desvivió en atenciones hacia nosotros. A Maria le cayó realmente bien y para celebrar nuestra llegada fuimos a comer una deliciosa mojarra - de Armintza - a la parrilla del cercano e histórico bar Pauli.

Como julio empezó gris y con el típico “sirimiri” las chicas me plantearon ir a un cercano centro comercial con salas de cine para ver el último estreno de Disney. Acostumbrado a ser minoría en las decisiones de casa no me quedó más remedio que aceptar la propuesta a cambio de quedarme fuera del cine y esperarles en alguna de aquellas odiosas franquicias atiborradas de gente, luz y ruido del centro comercial. Debo reconocer que el café solo que pedí me sorprendió positivamente por su cuerpo y aroma.

Tenía casi dos horas por delante para seguir devorando la última novela de mi admirada Toti Martinez de Lezea, sin embargo, el ruido y el trasiego del centro comercial en una tarde de sábado no me permitía concentrarme en la lectura y mi mente sin yo quererlo me llevó de nuevo años atrás a mi querida Plentzia.

En ese momento fui consciente de como la globalización estaba cambiando nuestros hábitos. Como habíamos pasado de comprar en el pequeño comercio local a acudir a aquellos centros de ocio y consumo desmedido. De cómo pasamos de vestirnos “donde Fullaondo”, en las mercerías de Pepita, de Julia Sarria, en la Funeraria o “en el Arco Iris” a seguir el dictado de la moda que un exitoso empresario gallego nos impone. ¿Y qué decir de la comida? Hoy te comes las mismas hamburguesas en New York y en Moscú…si Stalin y Roosevelt levantasen la cabeza.

Saqué mi vieja libreta y empecé a listar los comercios locales agrupándolos mentalmente en los tres barrios en los que aún se dividía Plentzia: estación, puerto y pueblo. Que me perdonen en la Plentzia rural: Isuskitza, Saratxaga, Berreaga y compañía.

Por desgracia mi memoria mezcla veranos y escapadas varias, por lo que no todos convivieron a la vez en la vida comercial y hostelera de la villa. También pido perdón de antemano a los lectores exigente porque seguro que me dejo muchos de ellos.

En las casas nuevas o Gatzamine la mercería de Eguzkiñe, con la tienda de Esperanza a la vuelta y el bar de los Fullaondo con su excelente mirador a la vega de Txipio y a Plentzia. Bajando ya hacia la estación “Menos 20” con Cotelo o el Bar de Mercedes que hacía las veces de ultramarinos. Y ya enfilando el puente en Casa Palmira – que no tengo claro si es una de las muchas que nos dejó el arquitecto plenciano Antonio de Araluce o es de Jose Bilbao y Lopategi otro prolífico maestro de obras local - el bar Restaurante Zabala conocido como “La parra” con su agradable terraza y su ambiente con tertulia, cartas y juego de la rana. Junto a La Parra la parada de taxis con Marcos, Txan, Landa, Jose Mari…

En el puerto el bar de Juan, en su pared lateral dejábamos apoyadas las bicis y podías dejarla sin candado todo el verano que nadie se la llevaba. El hotel Bibi, el Bar Restaurante Larrinaga con la mejor carta de la comarca y el Txurrua con su vivero de marisco. Enfilando la playa el Juli, el Perana y para las aves nocturnas el Gau Txori y la Eibarresa. Más tarde fue zona de copas con el Spin y el Rocky´s pero eso ya será otra historia porque Plentzia tenía mucha vida nocturna aunque a los más jóvenes hoy les cueste creerlo.

Si te encaminabas hacia el pueblo desde allí pasando por la churrería – la de veces que Mari Carmen me dio masa de churro para pescar mubles en las belenas del puerto - te topabas con el garaje de Castro, la relojería de Jesus Casado, me maravillaba verle manejar aquellas diminutas piezas mientras su amable mujer – lamento no recordar su nombre - y el cliente esperaban su “veredicto”. Un verano mi madre me compró allí mi primer reloj digital que fue la envidia de mi clase en Valladolid al inicio del curso. Un poco más adelante la tienda de Pili Aja, el Maracaibo, la Herrería y el bar Arenal.

Recuerdo con especial cariño el “urbanísticamente desordenado” y populoso barrio de San José que, si bien pertenecía a Gorliz en su mayor parte, estaba más que unido a nuestra villa por cercanía. Allí tenia Moriano una tienda de chucherías. Sindo y Anita abrieron el primer supermercado –absoluta novedad ya que solo conocíamos las tiendas clásicas sin autoservicio – al que íbamos con mi padre porque le gustaba ir donde el vinatero del barrio, no recuerdo su nombre y su pobre viuda falleció recientemente atropellada en el mismo barrio. Por desgracia no hicieron la nueva acera hasta después de este fatal suceso. En este barrio imposible olvidar el Bar Bidepe – del mismo nombre que el caserío de Txipio – con Tolete y sus animados campeonatos de rana con parroquianos como Mandarrias o Equis (X), inolvidables todos ellos. A veces paseo por allí y sin comercio se ha convertido en un barrio-dormitorio, una pena.

Hasta aquí más o menos lo que recuerdo de la oferta comercial y hostelera de extramuros, en “el pueblo” la oferta se multiplicaba así que los citaré por calles, cuestas e incluso cantones confiando en mi memoria.

Llegando al astillero estaba Radio Landa y la tienda de Carmelo y Alicia donde lo mismo comprábamos anzuelos, plomos y pita que helados y chucherías varias, siendo una seria competencia para Antonio “el castañero” y el puesto de helados blanquiazul junto al edificio del ayuntamiento. Ya en la Ribera teníamos El Palas, que no Palace. El Casino, la tienda de Barrios, con el inolvidable Gabriel Angel, y la pastelería de “Pastitas”. El bar Yoli y la Cafetería de Martín Arámburu. La Zapatería Eugenia “Francés” y la de Nicolasa, donde comprábamos unas deportivas “Yumas” que nadie conocía en Pucela. Todavía recuerdo el olor de las pistolas de la Panadería donde hoy está el Uriola. Las Bicicletas de Antón Golzarri y la Librería Figueroa con estudio fotográfico incluido. La Mercería de Charo Gorordo, la carbonería y la frutería de Beitia. Los Ultramarinos La Concha Colonial o de “Jaures” y los Periódicos Fadrique. La centenaria Farmacia Arámburu que Enrique y familia han sabido mantener y valorizar con un espectacular y museo único en el mundo mundial. El Estanco “Blanquito” y la tienda de Casimiro o el Garaje René además del bar El Túnel y el Semáforo. Algo posteriores fueron las tiendas de colchones de Ruiz y la de cocinas de Zarraga.

Si tengo que elegir un comercio de la Ribera, sin duda recuerdo los mantecados que hacia Antonio Ibargaray en el bajo de Bartxaioena. Me viene a la memoria su hermana Eustaquia, soltera y cuñada de Petra la de la tienda del cristo que estaba casada con su hermano Guillermo. Eustaquia vivía por temporadas en Lemoiz con otra hermana y en Plentzia con Antonio, eran originarios de un caserío de Villabaso en las faldas del Jata por donde llegaba el agua a Plentzia antes de conectarnos a la red del Consorcio de Aguas.

La Carpintería Aramaiona ya en el acceso a las escaleras de Cristo, el bueno de Beni sé que me leerá desde ahí arriba, que buenas tertulias literarias tuve con él aquellos inolvidables veranos.

En Barrenkale recuerdo la fábrica de gaseosas y hielo, a Pillo el barbero al que todavía visito cada verano en el campo de futbol y a su lado Zelai Sport, tienda de deportes pionera. También la Mercería Pepita y la Droguería Balbina. La Frutería Juana y las Zapaterías de Daniel y de Floren.

En Artekale, Marti el barbero que creo recordar que era riojano como los Villar de Barrenkalle. También recuerdo con cariño a las simpáticas hermanas Gondra, originarias de Barrika, que tenían la peluquería en un piso de la misma calle. La hojalatería de Roa, la droguería de Yarza, la tienda de punto de Aurora y la zapatería de Rufino.

En Goienkale la pensión Ibarrondo y la pescadería Patxo, además de los ultramarinos de Modesta. La ferretería de Maruri y la tintorería de Resti, y ya algo más tarde el Bar Patxi y a su lado la academia.

En la plaza la única funeraria del mundo donde puedes comparar hilos, pijamas o ropa interior. La buena de Dolo atendía igual de bien a los difuntos en la funeraria Viuda de Ibarra como a los mortales en su mercería. A su lado la carnicería de “Sesi”, inolvidable el olor que inundaba todo el casco cuando hacia sus exquisitas morcillas y en frente la de Sarria, hoy convertida en taberna. Me gusta sentarme en sus bancos de madera con una cerveza en la mano las tardes de verano contemplando Arrartena, el Batzoki, y la majestuosa iglesia-fortaleza de la Magdalena. El motivo no es otro -aparte de la simpatía de Endika el tabernero - que esos bancos están hechos con los restos de las vigas de madera de Casa Palmira o La Parra citada unas líneas más arriba, una forma curiosa de sentir la Historia de la Villa. Allí mismo, estaba la farmacia de Gopegui y la tienda de muebles de Enrique Larrabaster. No puedo dejar de citar tampoco la tienda de ultramarinos de Enrique y sobre todo a su simpática hija Irene.

En la cuesta del Consistorio las carpinterías de Juanjo y de Nafarrate, la droguería de Carmen y Nieves, los seguros de Lara, papeles y pinturas Aldapa de Berti y el ya citado Pauli.

En la de la Magdalena, el bazar de su mismo nombre en la casa Palacio Nuevo pero que todos conocíamos como “la tienda de Fuertes”. Las tiendas de Claudi y Pedro, la mercería Arco Iris y ya en la esquina de la ribera la librería de Txefe, heredera de la anterior de Rosarito que estaba justo enfrente. También la mercería de Julia Sarria y el bar de Alejo Nafarrate.

En el Cristo Tejidos Mota y la Hojalatería de San Sebastián. La tienda de las Hermanas Olarra y la de golosinas de Petra “Peseta” con el amable Patxo el zapatero a su lado. Ya en las escaleras los ultramarinos de Lorenza.

En Portaletas, nuestra calle de adopción ese verano, además del matadero y la frutería Meñaka, había dos bares El Escudo de Ana Mari y su marido y el Txoko. Del Txoko recuerdo su galería del fondo con increíbles vistas a la ría y playa donde a mi padre le encantaba jugar a cartas, cuando perdía siempre se justificaba diciendo que se despistaba con las preciosas vistas. También los ultramarinos de Daniel Bengoetxea, luego el super de Patxi, la carnicería Abaroa, Lola la costurera -un encanto de mujer- y la escuela de las Madariaga donde se escolarizaron muchos chavales del pueblo.

Antes de los esperado aparecieron Maria y las niñas, parecía que se abrían claros y la tarde-noche se presentaba perfecta para dar un paseo hasta Astondo. El paseo se convirtió en un ritual casi diario que repetíamos siempre con un delicioso helado artesano de Kongi en la mano.

El comercio en el pueblo, como la propia vida, había cambiado mucho y pensé que unas líneas en su memoria haría un poco de justicia a toda esa gente que tanto servicio y cariño nos dio antes de la llegada del consumo masivo y los impersonales centros comerciales. En nuestra mano queda apoyar al comercio local – yo lo intento- porque en torno a él se vertebra la vida social de ciudades, pueblos y barrios.

Valladolid, febrero 2017

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